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POR DANIEL M. FERRERE ESPECIAL PARA EL OBSERVADOR |
| Los uruguayos tenemos, después de la reforma tributaria reciente, un altísimo nivel de impuestos. Basta que se sumen los impuestos al consumo, los impuestos a la renta y patrimonio, los impuestos locales, y los aportes de seguridad social sin contrapartida, para que lleguemos al nivel de los países con más altos impuestos. Pero si no nos limitamos al número de la tasa impositiva global, y miramos lo que recibimos a cambio de los impuestos, debemos ser los campeones mundiales del mal negocio. Porque uno puede estar dispuesto a aceptar una tasa efectiva de impuestos del 35, 40 o 45% si como contrapartida tiene la opción de mandar a sus hijos a la escuela del barrio, sabiendo que recibirán una educación de buena calidad; que si se enferma puede acudir a un servicio de salud del Estado y recibir una buena atención, y si sabe que al llegar al retiro recibirá una jubilación algo menor al ingreso de actividad, pero decorosa. La verdadera cuestión, entonces, no es solo si la tasa global de tributación es alta o baja sino si lo que recibimos a cambio tiene alguna relación con lo que pagamos. ¿Por qué, entonces, el tema de la contrapartida de los impuestos no forma parte de la agenda diaria? Si uno lee la prensa, encontrará múltiples notas sobre el IRPF, sobre si hay que subir o no el mínimo no imponible, o si hay que admitir nuevas deducciones, etc. Pero todo lo que se encontrará escrito viene por el lado de pagar, y nada por el lado de recibir. Y eso, en sí mismo, debería llamar la atención. No asociamos impuestos con contrapartida, o por lo menos la relación entre unos y otra no parece importarnos. Esta contradicción tiene varias explicaciones posibles. Una es que los uruguayos no vemos la vinculación entre una cosa y la otra. Pero como no somos tontos, la explicación debe venir por otro lado. Una alternativa podría ser que nuestro sistema impositivo ha estado tradicionalmente diseñado para que los impuestos no se noten. Y en la medida en que no se notan, uno no establece una vinculación entre lo que paga y lo que recibe. Esto tenía un fundamento claro cuando la mayor parte de los impuestos recaían sobre el comercio exterior; o cuando pasaron a agregarse las ganancias monopólicos de las empresas estatales, o mas recientemente cuando se crearon impuestos como el IVA y el IMESI que se disimulan en el precio de los bienes. Pero el argumento deja de funcionar a partir de la creación del IRPF. Ahora tenemos un impuesto directo que se paga con dolor, y que no pasa desapercibido. Mucha gente trabajadora
ve que le están sacando dinero, no en el contexto de una compra
que el o ella quiere hacer, sino directamente como una apropiación,
sin anestesia. Lo lógico, entonces, sería que mire para
el otro lado, y vea qué es lo que le dan a cambio. Existe, sin embargo, una tercera explicación. En el mundo desarrollado se asume que la contrapartida de los impuestos está en los servicios que el Estado presta a los ciudadanos. Si las cosas se miran así, la discusión pública uruguaya ignora una parte de la ecuación. Pero también puede pasar que la sociedad asuma que la contrapartida de los impuestos no son los servicios que se prestan a los ciudadanos, sino los sueldos de empleados públicos y lo que reciben los beneficiarios de los planes de asistencia estatal. Viendo así las cosas, la lógica se reestablece. Si aumentan los impuestos y la vez aumentan los salarios y beneficios, se mantiene la paridad.
A la luz de esta reflexión, la actual preocupación del partido de gobierno por el IRPF adquiere un nuevo sentido. A nadie le importa la calidad de los servicios, porque de lo que realmente se trata es de cuántos aumentos de sueldos y beneficios pueden financiarse con los aumentos de impuestos. Y asegurarse, además, de que se mantenga la separación entre los que pagan y los que se benefician. Porque con los mínimos no imponibles y los cálculos actuales los afiliados a ADEOM, de AEBU, de la FUS y otros de FUECI pueden llegar a pagar IRPF, y eso no está bien. Hay que mantener la separación. La que estamos
viendo en estos días, entonces, no es una discusión
técnica. No estamos ante una discusión de justicia,
que ya ha quedado totalmente fuera de la película. De lo que
se trata es exclusivamente de un tema de conveniencia política.
El objetivo es que el IRPF deje fuera a los amigos, y que todo el
peso de los nuevos impuestos recaiga sobre los enemigos, manteniendo
una clara separación entre unos y otros. Este es el nuevo maniqueísmo
latinoamericano, que tan eficiente resulta para fracturar las sociedades.
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